MEDITACIÓN 2025 : “El Lugar de la Calavera”

MEDITACIÓN MIERCOLES DE CENIZA 2025: EL LUGAR DE LA CALAVERA

Pronunciada el 5 de marzo de 2025, por nuestro hermano Francisco José Fernández Andrades.

 El día se tornaba distinto al resto, una legión de negras nubes cubría el cielo de tinieblas como nunca antes había visto y el viento soplaba amenazante como si tratara de desafiar a la materia existente. Algo se despertaba dentro de mí, ilustre Teófilo, que me hacía pensar que se acercaba el final de los tiempos, pues en ese día no había algo, sino que todo era distinto al resto.

A lo lejos observe una muchedumbre. Sin saber muy bien que ocurría me acerque e intente abrirme hueco entre los que allí jaleaban. Sin ningún tipo de éxito, no tuve más remedio que seguir a dicho grupo, pues algo me inquietaba, algo en mi interior me decía que lo que allí acontecía no era una revuelta más contra imperio romano.

Tras un largo camino, llegamos a un lugar llamado de la calavera fuera de las murallas de Jerusalén, lugar que usaban los romanos para crucificar a los condenados por la justicia.

Una vez allí, conseguí de una vez abrirme hueco entre la muchedumbre y percatarme de lo que ocurría. Al levantar la vista observe a un hombre sentado sobre una roca. Se encontraba inerte, sereno, paciente, pensativo, apoyando su rostro sobre su mano derecha y su mirada se perdía en el escarpado suelo de piedra.

Al observarlo fijamente durante considerable tiempo, me di cuenta de quien realmente se trataba. Era Jesús el nazareno conocido por sus milagros, curaciones y enseñanzas sobre el reino de Dios. Se encontraba prácticamente irreconocible, lo habían despojado de sus vestiduras y en su piel bañada en sangre se apreciaban los restos de una dolorosa tortura. En su cabeza, le habían colocado una especie de casco lleno de espinas que atravesaban su piel y cubrían su frente de sangre. Pero ni siquiera esto parecía que le atormentara, nada lo apartaba de su pensamiento, ni siquiera el bullicio que allí se generaba. ¿En qué pensaría en ese momento el nazareno?

Delante de Jesús amarrados con una cuerda, colocaron de rodillas a otros dos hombres. Se trataban de Dimas y Gestas, dos famosos malhechores a los que también habían condenado a muerte.

Gesta al ver que allí se encontraba Jesús, no dudó en retirarle la mirada de una forma humillante, algo que me inquietó profundamente y me hizo reflexionar. Cuantas son las veces en nuestra vida que tenemos a Dios presente delante nuestra y no dudamos en negarlo, son tantas las veces que por cobardía no somos capaces de darle la mano a Dios, son tantas las que lo dejamos de lado buscando nuestro interés personal sin importarnos lo más mínimo el de los demás…

Sin embargo, a su lado, su compañero de condena mostraba una actitud totalmente distinta. Dimas giraba levemente su cabeza donde parecía intentar buscar la mirada de Jesús. Su mirada era limpia, pura, arrepentida, pero no pronunciaba una palabra. Me sentí nuevamente reflejado, son tantas las veces también en que busco a Dios y parece que no logro encontrarlo, que es el en este caso el que me niega la mirada. Pero torpe de mí, realmente él siempre está ahí, sin embargo, aunque arrepentido, no soy capaz de pronunciarle una palabra sincera, de pedir perdón. Que difícil se nos hace señor pronunciar una simple palabra, sin embargo, tú, eres capaz de morir por todos, por nuestro perdón. Ayúdanos a perdonar señor y ten misericordia de nosotros.

El nazareno, continuaba sentado en la roca, se acerco a su lado un soldado romano y le ofreció beber de un cáliz. Este contenía un ungüento de vino mezclado con hiel, que se acostumbraba a dar a los condenados a modo de anestésico para aliviar su tortura. Jesús sin embargo no dudo en rechazarlo. Quería permanecer consciente hasta el último momento, mientras que nosotros, no dudamos en sacudirnos cualquier abismo de sufrimiento, intentando evadirnos de la situación por no tener la valentía de hacer frente a lo que en cada momento nos toque, sin cargar con el peso de nuestra cruz y sin ni siquiera intentar ponernos en manos de Dios. Pues es verdaderamente en él, en quien debemos de apoyarnos antes estas situaciones, pidiendo la fuerza necesaria para hacerle frente y no rendirnos antes de comenzar la lucha.

Continúo observando la situación, tras Jesús, observo varios soldados romanos. Dos de ellos, conversan mientras uno le entrega al otro la sentencia del condenado a muerte. En dicha sentencia se puede lo siguiente, “Jesús de Nazaret Rey de los judíos”. Juzgado y condenado por proclamarse rey. Cuantas veces en nuestros días juzgamos a los que nos rodean por cualquier motivo, sin pararnos ni siquiera a conocer la situación de nuestro prójimo, con la única intención de colocarnos por encima del resto. ¿Por qué un corazón tan frio para juzgar sin remordimiento señor, cuando ni siquiera tú lo haces?

 Otro de los soldados, apoyando una rodilla en el suelo, se encarga de amarrar una cuerda al patíbulo de la cruz donde el nazareno va a ser crucificado. Una cruz, en una simple cruz de madera morirá el que se proclamaba como el redentor y el Hijo de Dios, increíble y verdadera lección de humildad. Podría haber elegido tener una muerte digna de reyes, una muerte llena de honores y de lujos. Pero, sin embargo, una cruz. Eligió morir por nuestros pecados y nosotros simplemente nos dedicamos a dudar, en rechazar su mano cuando nos la tiende.

Mi momento de reflexión se ve roto al escuchar tras de mi un profundo llanto. Al girarme, contemplo a una mujer que llora desconsolada, rota de dolor. Puedo reconocerla, se trata de María, la madre del nazareno acompañada de Juan, el discípulo más joven de Jesús. En su rostro puedo ver el dolor más profundo que jamás he visto en una mujer. Sin embargo, ahí continua. María es el mayor ejemplo que jamás ha existido de madre, mujer y entrega. Desde el primer momento dio su sí a Dios, sin importarle lo que viniera. María simplemente se levantó y se puso en camino, confiando en que únicamente esta sería la forma de alcanzar la Victoria.

Una vez concluida la preparación del sacrificio, crucificaron al nazareno y junto a el a los dos ladrones. Los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.  De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él.

 Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama este. Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber. Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.

 Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente este era Hijo de Dios.

Verdaderamente eres tú señor, verdaderamente es el Hijo de Dios, por fin lo he visto claro, pues lo he visto en mi corazón.

Hoy he visto señor, que verdaderamente tu amor por mi es tan poderoso que puede librarme de las cadenas de la opinión de la gente e incluso de las de mi propia opinión, puede hacerme libre de todos mis miedos, de mis dudas, de mis debilidades, de mis desórdenes, de mis inquietudes. Hoy se señor, que, aunque todas las fuerzas del infierno se opusieran a este amor nada podrá separarnos. Ni siquiera la muerte sería capaz de arrancar mi nombre de tu corazón, porque verdaderamente nos amas y por eso cada día te entregas por nosotros.

Hoy señor, quiero pedirte perdón por las veces que te he negado, por todo el mal que he podido causar, por mis pecados y a partir de ahora no permitas que me separe de ti, que mis oídos escuchen tu palabra, que mis ojos vean siempre tu rostro, que mis rodillas se postren ante ti, que mis manos sirvan para realizar tu obra, que mis pies sigan tu camino de paz, que mi persona sea un instrumento de salvación. A partir de ahora te prometo ser valiente, levantarme y ponerme en camino tal como hizo tu bendita madre siempre que tu me lo pidas, sin miedos, sin pensar en lo que ocurrirá, pues sé que si así lo quieres es porque estas conmigo y no me abandonarás.

Que grande es tu humildad Señor, pues hasta coronado Rey del universo sigues siendo uno más entre tus hijos, pues cada día nos das el regalo más sencillo y a la vez más grande que puede existir, pues cada día nos entregas simplemente tu amor.

Que tengamos una santa cuaresma llena de amor de Dios

                                                                                               AMÉN

En Lebrija a 5 de marzo, miércoles de ceniza, del año del Señor de 2025, año jubilar